martes, 26 de agosto de 2008

Primeros ladridos

Escaleras

Los cronopios y los famas, ¿escribieron alguna vez las instrucciones para bajar la escalera? En el mundo de Chavela, a los dos días de llegar a la casa, las escaleras se bajan cabeza abajo y culo arriba. Corten. Así queda congelada la Chavela, como en un cuadro. Empieza primero por encarar con la cabeza, hasta que se da cuenta de que el aire no es buen sustento. En un acto de acrobacia, estira las patas delanteras hasta que llegan al escalón de abajo. En este acto mezcla de fe y mezcla de aventura, Chavela pisa firme en el terreno conquistado, sin darse cuenta de que la hazaña recién va por la mitad. Queda lo más complicado ahora. Las patas traseras están atascadas en el escalón de arriba, como absurdas y pendientes, sin saber si mejor dejarlas ahí y seguir adelante, o en un acto quinético, dar el empujón para que se reúnan todas las patas de su ser en un mismo escalón. Y gana la Chava, señoras y señores.

La fiesta argentina, el oro y la Chava

Como buena argentina (por adopción, digamos), Chavela salió de la tranquilidad de su viejo hogar y fue derecho a un festín con asado para mirar la final olímpica de fútbol, donde nos quedamos con la (merecida) medalla de oro. Esa noche, Chavela conoció al Chicho y la Mona--dos golden retreivers--jugó con los chicos de Lore y Vanine, conoció a la tímida Camila y a un montón de gente barurella (¡vamos, vamos, Argentina... vamos, vamos a ganar...!), que no le quedó otra que sumarse a la comparsa y llegar a la casa (su nuevo hogar) recién a las 2.30 de la mañana. Salió parrandera nomás.

Chavela llega a casa... después del festín


Les presento a Chavela. Labrador de raza, 8.7 libras con sus cinco semanitas y usa pilas Duracell...
La encontré en una esquina al norte de Denver el jueves pasado. Cachorros a la venta, rezaba el cartel. No sé por qué (aunque tengo algunas sospechas), me enterneció verla con sus hermanitas, en el parque de la estación de servicio y paré para curosear. Micaela, la racional, la sensata, recordó el buen consejo de la única sesión de terapia que tuvo en este país, y se dio 24 horas para meditar el asunto. Fueron 24 horas que más que meditar, sirvieron para pensar los mimos que le iba a dar a la chachorra. Y así empieza esta historia.